Estos días antes de hacer los exámenes finales tuve que entregar unos trabajos a un profesor. El proyecto era muy importante y había que presentarlo ese día. Además Jonathan también tenía que entregar y hablar con un profesor.
Nos dirigimos al colegio. Diego, que había ido el día anterior, nos había dicho que todo estaba helado y todo resbalaba. Salimos de casa y tomamos el camino del bosque, es más corto que el de la carretera que pasa por el centro comercial. El río estaba medio congelado, mala señal. Cada vez el camino se hacía más y más resbaladizo. Había que andar a pasitos cortos y rápidos.
Estábamos casi a punto de llegar al colegio, nos quedarían unos 300 metros, comenzamos a andar a través de los campos de fútbol cubiertos por nieve. La nieve era cada vez más profunda pero no había muchas dificultades hasta que llegó un momento que, metías el pie y todo iba bien pero, el pie siguiente lo apoyabas y se te hundía la rodilla. No fue lo peor!
Ya nos quedaban unos 100 metros para llegar cuando, yo que iba delante, metí el pie en la nieve, se hundió y se me caló todo. Resulta que la parte de debajo de la nieve de esta zona era todo agua. Saqué el pie rápidamente. Había momentos que sabías que no te quedaba otro remedio que volver a arriesgar porque se veía que, metieras donde metieras el pie, te ibas a mojar así que eche a correr sin para hacía el colegio, me moje los pies, los calcetines, todo por completo!
Por fin había llegado, esperé a Jon. Él prefirió no correr. Hubo un momento que metió el pie en el agua, lo sacó pero la deportiva se quedo dentro. Sacó la zapatilla la vació de nieve, de agua y se la volvió a poner. A partir de ahí también echo a correr. Ya dentro del colegio, nos secamos un poco y entregamos todo.
A la vuelta tomamos el camino largo, nada que ver con el de ida, pero también nos pasó algo.
Estábamos caminando, hablando en la acera tranquilamente, comentando lo que nos había pasado antes, lo de la deportiva de Jonathan… cuando un camión gigante que iba super deprisa nos duchó literalmente, jejejejejeje. Todo el agua que había en la carretera nos la echó por encima. Nos pusimos a gritarle. En ese momento se estaría riendo de nosotros, seguro.
Casi nos pasó lo mismo dos veces más. Cruzamos al otro lado de la calle, vinó un coche y nos mojó y, además, cuando se iba empezó a pitarnos.
Al llegar a casa le contamos nuestra aventura a Michael, que no nos había acompañado al Instituto, porque, cuando nos íbamos, no encontraba sus vaqueros y nos estaba retrasando.